Arrancarse, pellizcarse, morderse: el gesto que no sabías que hacías
Mariano Ventura
30 de agosto de 2026 · 12 minutos de lectura
Estás en el sofá viendo una serie y de pronto notas el dedo húmedo. Miras: te has arrancado un padrastro hasta hacerte sangre y no recuerdas el momento en que empezaste. O te levantas del escritorio y hay tres pelos en el teclado. O te miras en el espejo del baño antes de salir y hay una costra nueva en el hombro, justo donde ayer había un grano que ibas a dejar en paz.
Lo que suele venir después no es dolor. Es una mezcla rara de alivio y de fastidio consigo mismo: otra vez, y encima ni me he dado cuenta. Y luego el cálculo rápido: si eso se ve, con qué se tapa.
Tienen nombre, y el nombre no es «manía»
Arrancarse el pelo, pellizcarse la piel y morderse las uñas se agrupan en la literatura clínica bajo una etiqueta poco elegante pero útil: conductas repetitivas centradas en el cuerpo —en inglés body-focused repetitive behaviors, BFRB—. Comparten una estructura común: son gestos dirigidos al propio cuerpo, se repiten, cuesta pararlos y acaban causando daño físico o malestar.
Las dos que tienen entidad diagnóstica propia están recogidas en el DSM-5 dentro del capítulo de trastorno obsesivo-compulsivo y trastornos relacionados: la tricotilomanía (arrancarse el pelo) y el trastorno de excoriación o dermatilomanía (pellizcarse la piel). Morderse las uñas —onicofagia— no tiene categoría propia; se clasifica, cuando procede, entre los otros trastornos especificados de ese mismo capítulo.
Merece la pena separar esto de dos cosas con las que se confunde a diario.
No es un TOC. Están en el mismo capítulo, pero no funcionan igual. En el TOC la conducta responde a una obsesión y sirve para neutralizar una amenaza («si no lo compruebo, pasará algo»). Aquí no hay obsesión ni amenaza: hay un gesto que regula el estado interno, que a menudo se hace en piloto automático y que se parece más a una descarga que a un ritual.
No es autolesión. El objetivo no es hacerse daño. El daño es un efecto colateral de un gesto que, en el momento, resulta satisfactorio. La diferencia importa porque cambia por completo cómo se aborda —y porque a mucha gente le han colgado la etiqueta equivocada en una primera consulta.
Cuánta gente lo hace (y por qué crees que eres el único)
Aquí las cifras ayudan, con una advertencia por delante: son de población general, no de población LGTBIQ+. Lo digo ya porque más abajo se verá por qué hace falta decirlo.
Sobre arrancarse el pelo, la referencia es el metaanálisis de Thomson y colaboradores publicado en Journal of Psychiatric Research en 2022 (DOI 10.1016/j.jpsychires.2022.06.058), que reunió 30 estudios y 38.526 participantes. La tricotilomanía como trastorno aparece en el 1,14 % de la población (IC 95 % 0,66-1,96 %). Pero el dato interesante es el otro: arrancarse el pelo, sin llegar a cumplir criterios diagnósticos, lo hace el 8,84 % (IC 95 % 6,33-12,20 %). Casi una de cada once personas.
Sobre pellizcarse la piel, el metaanálisis equivalente lo firman Farhat y colaboradores en la misma revista en 2023 (DOI 10.1016/j.jpsychires.2023.03.034), con 19 estudios y 38.038 participantes: el trastorno de excoriación tiene una prevalencia del 3,45 % (IC 95 % 2,55-4,65 %) y aparece más en mujeres que en hombres (razón de probabilidades mujer-hombre 1,45; IC 1,15-1,81).
Traducido a una clase, un gimnasio o un grupo de amigos: no eres una rareza. Eres una persona que hace algo que hace mucha gente y que nadie cuenta. Y esa es justamente la trampa —lo raro no es la conducta, es el silencio que la rodea.
El único estudio que ha mirado esto en personas LGTBIQ+
Ser honesto aquí es más útil que ser exhaustivo. Busqué en la literatura biomédica qué se sabe de estas conductas específicamente en personas LGTBIQ+ y la respuesta es incómoda: hay un solo estudio. Uno.
Lo firman Grant, Collins, Chamberlain y Ehsan y se publicó en Annals of Clinical Psychiatry en 2023 (DOI 10.12788/acp.0125). Evaluaron clínicamente a 207 personas con tricotilomanía de entre 18 y 64 años. De ellas, 33 —el 15,9 %— se identificaban como minorías sexuales. Comparadas con las participantes heterosexuales, presentaban más impulsividad atencional y más trastorno obsesivo-compulsivo concurrente. Y algo igual de relevante: no había diferencias en la gravedad de la tricotilomanía, ni en el grado de disfunción que causaba, ni en la respuesta al estrés.
Los autores señalan que ese 15,9 % es superior al 11,7 % que las estimaciones del censo estadounidense atribuyen a las minorías sexuales en la población general. Conviene no correr con ese dato: es una muestra clínica de personas que se apuntaron a un estudio, no una encuesta poblacional, y una comparación con un censo no es un contraste estadístico. Sirve como señal de que aquí puede haber algo, no como prueba de que lo haya.
Lo que sí queda establecido, y es lo que cuenta en consulta, es que el cuadro no es más grave por ser una persona LGTBIQ+. Lo que cambia no es la conducta: es el contexto en el que deja marca.
Por qué en esta comunidad la marca pesa distinto
Un rasguño en el hombro no significa lo mismo en todas partes. Y hay contextos en los que el cuerpo se enseña más, se fotografía más y se evalúa más.
En el ambiente gay, en particular, buena parte de la vida social pasa por una pantalla con una foto: la aplicación de citas, el vestuario del gimnasio, la piscina, la playa, la fiesta sin camiseta. Es un espacio en el que el cuerpo funciona como carta de presentación, y donde una zona con costras, una entrada que ha perdido pelo o unas cejas irregulares no son un detalle privado: son algo que hay que gestionar antes de salir de casa.
Eso hace tres cosas concretas.
Multiplica los momentos de espejo. El gesto casi siempre aparece delante del espejo, con buena luz y la cara cerca: exactamente la situación de revisar la piel antes de una foto o antes de salir. Cuanto más se repite ese ritual, más ocasiones tiene la mano.
Convierte la marca en un problema social, no estético. No es «me veo mal»: es «esto lo van a ver y me van a preguntar». Aparecen las estrategias de tapado —el maquillaje, la camiseta que no se quita, la gorra, cancelar el plan de piscina— y con ellas la evitación, que es lo que acaba estrechando la vida.
Aterriza sobre un músculo ya entrenado. Quien creció ocultando algo aprendió pronto a tapar, a calcular qué se nota y a adelantarse a la pregunta. Ese mismo mecanismo, aplicado ahora a una costra o a una calva, funciona demasiado bien: se esconde tan bien que no llega a contarse nunca, ni siquiera al médico de cabecera.
Ninguna de estas tres afirmaciones tiene un estudio detrás con población LGTBIQ+, porque —como se ha dicho— ese estudio no existe todavía. Son observaciones clínicas, y se presentan como tales.
La vergüenza no frena el gesto: lo alimenta
Hay una creencia muy extendida y muy contraproducente: que si te da suficiente vergüenza, pararás. La evidencia experimental apunta justo en la dirección contraria.
Houazene y colaboradores lo pusieron a prueba en un estudio publicado en Behaviour Research and Therapy en 2021 (DOI 10.1016/j.brat.2021.103804). Compararon a 18 mujeres con conductas repetitivas centradas en el cuerpo, 18 con atracones y 18 personas del grupo control. Indujeron vergüenza en el laboratorio y midieron qué pasaba. Resultado: la condición de vergüenza aumentó el impulso de realizar la conducta en el grupo de BFRB —no así el de atracones— y, además, las participantes informaron de más vergüenza después de llevarla a cabo.
Son 54 participantes en total, una muestra pequeña, y los propios autores piden que se replique con muestras mayores. Pero describe con precisión un bucle que quien lo vive reconoce al instante: vergüenza → gesto → alivio breve → más vergüenza → más gesto.
La consecuencia práctica es directa y va contra la intuición de casi todo el mundo: regañarse no es una estrategia de control, es un factor de mantenimiento. Todo lo que aumente la vergüenza —incluidos los comentarios bienintencionados de la familia y las fotos comparativas— empuja en la dirección equivocada.
Once años de media hasta que alguien pide ayuda
Esta es la cifra que más me interesa de todo el artículo. En 2026, Moritz y colaboradores publicaron en Comprehensive Psychiatry (DOI 10.1016/j.comppsych.2026.152733) un estudio con 971 personas con conductas repetitivas centradas en el cuerpo, reclutadas por internet y a través de organizaciones de autoayuda.
Solo el 13,5 % había buscado ayuda profesional por ello. El 72,2 % había intentado resolverlo por su cuenta, aunque una minoría usaba técnicas estructuradas y con respaldo, como el entrenamiento en reversión de hábitos o el decoupling. Y quienes acabaron pidiendo ayuda tardaron, de media, alrededor de once años en hacerlo.
Las barreras que declararon: desconocer que aquello tenía nombre y tratamiento, pensar que no era lo bastante grave, vergüenza, y desconfianza en que sirviera de algo. Es una muestra autoseleccionada de gente reclutada en internet, con lo que eso implica; pero el orden de magnitud dice algo que ninguna consulta desmiente: esto se calla durante años.
Once años son muchas fotos que no se hicieron, muchos planes de playa cancelados y mucha gente convencida de tener un defecto de carácter.
Qué funciona, dicho sin promesas
El tratamiento con más respaldo es conductual, y su núcleo se llama entrenamiento en reversión de hábitos. No es fuerza de voluntad con otro nombre. Tiene tres piezas:
Darse cuenta. Antes de cambiar el gesto hay que verlo. Se registra cuándo pasa, dónde, con qué postura, en qué estado de ánimo. Mucha gente descubre aquí que su patrón no es «cuando estoy nervioso», sino «cuando estoy quieto y aburrido», o «solo en el baño y solo de noche». Es información, no un examen.
Una respuesta que compita. Cuando llega el impulso, se hace otra cosa incompatible con el gesto durante un minuto —apretar el puño, sentarse sobre las manos, apretar una pelota—. No es un truco motivacional: es ocuparle el sitio a la conducta.
Cambiar el escenario. Menos espejo con luz cenital, guantes en el sofá, tiritas en los dedos que más se muerden, quitar las pinzas del baño. Modificar el contexto suele rendir más que proponerse aguantar.
A esto se le suman dos cosas que en esta comunidad son casi siempre necesarias: trabajar la vergüenza como parte del cuadro y no como un añadido —por lo que se ha visto arriba—, y revisar la relación con el propio cuerpo y con la mirada de los demás, que es donde el gesto se enchufa. Si además la conducta viene acompañada de comprobaciones, dudas y angustia anticipatoria, conviene mirar si hay un componente obsesivo o una ansiedad de fondo que esté sosteniendo todo lo demás; y si lo que reconoces es la necesidad de tenerlo todo bajo control, hablé de eso al escribir sobre el sobrecontrol.
Si quieres ver cómo se aborda cada una por separado, tienes las páginas de terapia para la tricotilomanía, de dermatilomanía o trastorno de excoriación y de onicofagia.
Preguntas frecuentes
¿Las conductas repetitivas centradas en el cuerpo son un TOC?
No, aunque el DSM-5 las coloque en el mismo capítulo. En el TOC la conducta neutraliza una obsesión y una amenaza percibida. En la tricotilomanía o la dermatilomanía no hay obsesión: hay un gesto que regula el estado interno y que a menudo se hace sin conciencia. Pueden coexistir —el estudio de Grant y colaboradores encontró más TOC concurrente en los participantes de minorías sexuales—, pero no son lo mismo.
¿Es autolesión?
No. En la autolesión el daño es el objetivo; aquí es la consecuencia no buscada de una conducta que resulta satisfactoria en el momento. Confundirlas lleva a intervenciones equivocadas y a bastante alarma innecesaria en el entorno.
Me muerdo las uñas desde niño. ¿Eso también cuenta?
Cuenta si te causa malestar o daño: infecciones, dolor, evitar dar la mano, esconder los dedos en las fotos. La onicofagia no tiene categoría diagnóstica propia en el DSM-5, pero se trata igual y responde a lo mismo. Que sea antigua no significa que sea irreversible.
¿Hay datos sobre esto en personas LGTBIQ+?
Apenas. En la literatura biomédica hay un único estudio que lo aborde de forma específica (Grant y colaboradores, 2023, sobre tricotilomanía), y no encontró un cuadro más grave, sino más impulsividad atencional y más TOC concurrente. Todo lo demás que se dice sobre cómo pesa la marca en esta comunidad es observación clínica, no evidencia publicada, y así hay que leerlo.
Con qué quedarte
Si algo de esto te ha sonado, quédate con dos ideas y deja el resto. La primera: el gesto no dice nada sobre tu carácter, y regañarte por él lo empeora de forma medible. La segunda: la media es de once años de silencio, y ese silencio no lo rompe darse cuenta —lo rompe contarlo en voz alta una vez.
Puede ser en una consulta o puede ser en un mensaje. Si prefieres empezar por lo segundo, escríbeme por WhatsApp y me cuentas desde donde te resulte más fácil.
Artículo revisado y redactado por Mariano Ventura Barreira – Psicólogo General Sanitario · Colegiado M-36402