La culpa religiosa no se va con argumentos
Mariano Ventura
1 de septiembre de 2026 · 9 minutos de lectura
Comulgaste el domingo. Volviste al banco, te arrodillaste, y en mitad de eso apareció la frase de siempre: «¿y si no debería estar haciendo esto?».
No es una duda teológica. Ya has leído. Ya has hablado con un cura que te dijo que sí, que adelante. Y la frase sigue apareciendo igual.
Así funciona la culpa religiosa: no discute contigo, no te pide razones y no se retira cuando le das una buena.
Lo que casi nadie dice sobre la culpa religiosa
La conversación pública sobre fe y homosexualidad va casi siempre al mismo sitio: qué dice tal texto, qué dijo tal papa, qué se puede y qué no. Es una discusión de argumentos.
Y el problema es que la culpa religiosa no está hecha de argumentos. Por eso no se va con ellos.
Lo que aparece en consulta no es una duda intelectual. Es una reacción física: se cierra el pecho, sube el calor a la cara, se acelera algo. Pasa antes de que dé tiempo a pensar. Y ninguna reacción física se desmonta explicándole a alguien que no tiene motivos para tenerla — igual que a nadie se le quita el miedo a volar recitándole estadísticas de accidentes aéreos.
Eso es exactamente lo que hace que mucha gente se sienta idiota: «ya sé que no está mal, pero lo siento igual». No es incoherencia. Es que se aprendieron dos cosas distintas, en dos momentos distintos, y solo una de ellas se ha actualizado.
Se aprendió antes de que hubiera con qué defenderse
Aquí está la parte específica, y no tiene que ver con la fe adulta de nadie.
La mayoría de la gente que llega con esto aprendió que aquello estaba mal a los ocho o los diez años. En catequesis, en el colegio, en una homilía, en un comentario de sobremesa. A esa edad no se evalúa una idea: se absorbe. Y se absorbe además con el peso de quien la dice, que suele ser toda la autoridad disponible en el mundo de un niño.
Veinte o treinta años después, esa persona ha leído teología, ha cambiado de parroquia, tiene una postura razonada y adulta. Pero el aprendizaje de los ocho años sigue intacto debajo, porque nunca se revisó: se tapó.
Y hay un detalle que lo vuelve más difícil de mirar: para mucha gente, la fe no es solo una creencia. Es la abuela, el olor de una iglesia concreta, el sitio donde se despidió a alguien. Cuestionar la culpa parece que obligue a tirar todo eso a la basura. Así que no se cuestiona.
La fe no es el problema. El conflicto sin resolver, sí
Hay evidencia que separa las dos cosas con bastante claridad, y conviene conocerla porque desmonta el falso dilema.
Un estudio publicado en el Journal of Homosexuality (Gomes, Souza, Lima y Lima, 2024) analizó a 409 personas LGB religiosas y encontró que la religiosidad hace dos cosas a la vez, y opuestas:
En quienes tienen las dos identidades integradas —creyente y LGTBIQ+ conviviendo sin guerra—, la religiosidad se asocia solo a más bienestar. Efecto directo, positivo, sin contrapartida.
En quienes no las tienen integradas aparecen las dos: el efecto positivo sigue ahí, pero se le suma uno negativo que va por otro camino — más religiosidad, más homonegatividad interiorizada, y de ahí menos bienestar.
Traducido: lo que resta no es creer. Es creer en guerra. La misma fe, en la misma persona, suma o resta según si esas dos partes se han sentado a hablar o llevan treinta años sin dirigirse la palabra.
Dos precisiones honestas, porque el dato es bueno pero no es magia. Es un estudio con muestra brasileña y no representativa: sirve para entender el mecanismo, no para poner un porcentaje a lo que pasa en España. Y describe una asociación, no una receta: nadie integra dos identidades porque le enseñen una gráfica.
Y lo que sí hace daño, con nombre y apellidos
Conviene decirlo aparte, porque no es lo mismo que la fe y mezclarlo sería injusto con mucha gente creyente.
Los intentos de cambiar la orientación sexual —rezar para dejar de serlo, retiros, «acompañamientos» que prometen que se pasa— sí tienen efectos medidos, y malos. Un estudio publicado en el American Journal of Public Health (Blosnich, Henderson, Coulter, Goldbach y Meyer, 2020), sobre una muestra representativa de 1.518 adultos de minorías sexuales en Estados Unidos, encontró que quienes habían pasado por ellos tenían —ya descontadas las experiencias adversas de la infancia— casi el doble de probabilidad de ideación suicida a lo largo de la vida, y un 88 % más de intento.
Y el dato que explica por qué esto sale en un artículo sobre fe: de quienes habían pasado por ese tipo de intervención, el 80,8 % la recibió de un líder religioso. No de un psicólogo. De alguien de su comunidad, casi siempre con buena intención y sin ninguna formación clínica.
Que quede claro lo que esto no dice: no dice que la religión enferme, ni que ir a misa haga daño. Dice que hay una práctica concreta que hace daño medible, y que casi siempre viaja dentro de un contexto religioso. Son cosas distintas y merecen tratarse distinto.
Cinco preguntas que separan la conciencia de la ansiedad
No es cuánto crees. Ni cuánto practicas. Es esto:
¿Cuándo aparece? Si es siempre después de algo —una homilía concreta, una comida familiar, una app— no es una convicción: es un disparador.
¿Cambia con lo que sabes? Si has leído, has hablado, has entendido, y la sensación es exactamente la misma, entonces no está en el terreno de las ideas.
¿Te hace hacer cosas? Confesar lo mismo una y otra vez, rezar un número determinado de veces, prometer algo que ya has prometido. Cuando la culpa pide rituales de comprobación, se parece más a la ansiedad que a la conciencia.
¿Te has ido volviendo invisible? Dejar de ir, o ir pero sin hablar con nadie, o tener dos vidas que no se cruzan nunca.
¿Con quién puedes decirlo entero? Si en la parroquia ocultas una mitad y con tus amigos ocultas la otra, el cansancio no es de fe: es de vigilancia.
Si has respondido que sí a tres o más, eso ya no se resuelve leyendo. Hay terapia pensada para personas católicas practicantes y LGTBIQ+, que es justo el sitio donde se puede llegar con las dos cosas puestas.
Nadie te va a pedir que dejes de creer
Conviene decirlo pronto, porque es la sospecha con la que se llega: que un psicólogo va a intentar, con más o menos elegancia, quitarte la fe.
No va a pasar. Ni se te va a pedir que dejes de practicar, ni se te va a explicar con retintín que la Iglesia hace daño, ni se va a tratar tu fe como un síntoma del que haya que curarse. Eso, además de faltarte al respeto, funciona fatal: la persona se calla la mitad de su vida y la terapia se queda coja.
Tampoco se va a discutir tu teología. Lo que tú creas es tuyo, y no es asunto de un psicólogo.
Lo que sí se mira es otra cosa: de dónde viene exactamente esa culpa religiosa, qué edad tiene y a quién servía. Porque una cosa es una convicción adulta que se ha elegido, y otra es una voz de hace treinta años que sigue puesta. Desde fuera se parecen. Desde dentro, no.
Separar tu voz de la voz que oíste a los ocho años
Tres frentes. En ninguno de los tres hay que cambiar de parroquia.
Una: separar las voces. Distinguir qué parte es tuya de adulto y qué parte es una frase heredada que nunca examinaste. Se hace literalmente: poniéndole edad, cara y sitio a cada una. Suele ser el momento en que algo se afloja, porque la mayoría descubre que la voz que más manda no es suya.
Dos: entender para qué sirve el ritual. Confesar lo mismo por quinta vez alivia — durante un rato corto y cada vez más corto. Ver ese ciclo es lo que permite salirse de él, y no hay ninguna cantidad de fuerza de voluntad que haga el mismo trabajo. Debajo suele haber homofobia interiorizada: el juicio ya está dentro y no necesita que nadie lo pronuncie fuera. Cuesta reconocerla porque no se presenta como odio, sino como exigencia; sus señales habituales están descritas aparte.
Tres: dejar de vivir partido. Que no haya una versión tuya para la misa y otra para los amigos. No significa anunciarlo en el atrio: significa que exista al menos un sitio donde estés entero, y a partir de ahí ir viendo.
Y esto no es solo católico. Aparece igual en familias evangélicas, musulmanas y judías, con vocabulario distinto y la misma estructura debajo — quien viene de ahí puede reconocerse en el trabajo sobre fe judía e identidad gay, que es el mismo conflicto con otra liturgia.
Un apunte de tres líneas, esta semana
Si te has reconocido leyendo, prueba algo pequeño esta semana. La próxima vez que aparezca la culpa, no discutas con ella. Anota solo tres cosas: qué hora era, qué acababa de pasar y qué edad tenías cuando oíste eso por primera vez.
Nada más. Ni evaluarlo, ni decidir si tienes razón.
Al cabo de unos días, léelo. Casi siempre pasan dos cosas: que la culpa tiene horario, y que la edad que aparece no es la tuya de ahora. Las dos son información, y ninguna se consigue pensando más.
Y si lo que aparece es que llevas demasiado tiempo con esto a solas, hay un punto en el que darle vueltas deja de rendir. La terapia afirmativa LGTBIQ+ —en Madrid o por videollamada— existe precisamente para eso: para no tener que elegir cuál de tus dos partes se queda fuera.
Artículo revisado y redactado por Mariano Ventura Barreira – Psicólogo General Sanitario · Colegiado M-36402
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