Jugar hasta tarde: por qué cuesta cerrar la partida
Mariano Ventura
27 de agosto de 2026 · 10 minutos de lectura
Son las dos y media de la mañana de un martes y estás en la última partida. Lo has dicho hace hora y media. En el chat de voz alguien pregunta si te vas y contestas que una más, y esa frase te sale ya sin pensarla, como quien dice buenos días.
Mañana entras a las ocho. Y aun así, esto es lo mejor del día.
Jugar hasta tarde no es, en sí mismo, un problema. Lo interesante empieza cuando uno se pregunta qué está sosteniendo esa hora.
Empecemos por lo que no se suele decir
Casi toda la conversación pública sobre videojuegos empieza mal, porque empieza por las horas. Cuántas juegas, cuántas serían normales, a partir de cuántas hay que preocuparse.
Y las horas, solas, no dicen nada. Hay quien juega quince a la semana y tiene una vida perfectamente ordenada, y quien juega seis y está usando el juego para no estar en su casa.
La pregunta útil es otra: ¿qué estabas haciendo con eso? Porque para mucha gente —y en esta comunidad más que en otras— jugar no fue nunca solo un entretenimiento.
Para bastantes de nosotros fue el primer sitio seguro
Aquí está lo que casi nunca aparece en los artículos sobre el tema.
Si creciste midiendo lo que decías —en clase, en casa, en el vestuario—, el juego online fue posiblemente el primer espacio donde no había que medir nada. Te llamaban por tu nick. Nadie preguntaba si tenías novia. Nadie miraba cómo te sentabas ni cómo movías las manos. Y lo que valías ahí dependía de lo que hacías, no de lo que eras.
Eso no es una excusa: es un dato clínico. Un sitio donde por primera vez no hay que vigilarse se convierte, con razón, en un sitio al que se vuelve.
Y explica algo que desde fuera parece incomprensible: por qué pedirle a alguien que juegue menos, sin más, no funciona nunca. No le estás pidiendo que reduzca un ocio. Le estás pidiendo que se quede sin el único sitio donde no tiene que actuar.
Jugar hasta tarde: cuándo deja de sumar y empieza a sustituir
La línea no está en las horas, está en la función. Y hay una forma bastante limpia de verla: ¿el juego se suma a tu vida o la reemplaza?
Suma cuando tienes gente dentro y fuera, cuando puedes no jugar un día sin que se te haga raro, cuando cierras y no te quedas mal.
Sustituye cuando es lo único, cuando has ido cancelando planes que sí querías hacer, cuando el móvil suena y te alivia que sea el chat del grupo del juego y no alguien proponiendo salir.
La Organización Mundial de la Salud incluyó el trastorno por videojuegos en la CIE-11, y sus criterios van justo por ahí: pérdida de control sobre el juego, prioridad creciente frente a otras actividades e intereses, y continuidad pese a las consecuencias negativas, con un deterioro que se mantiene durante al menos doce meses.
Sobre cuánta gente cumple esos criterios, un metaanálisis publicado en el Australian & New Zealand Journal of Psychiatry (Stevens, Dorstyn, Delfabbro y King, 2021), que reunió 53 estudios y 226.247 participantes de 17 países, situó la prevalencia mundial en un 3,05 % (IC 95 % 2,38-3,91). Al quedarse solo con los estudios de muestreo más riguroso la cifra bajaba al 1,96 %, aunque con un intervalo tan amplio (0,19-17,12) que los propios autores concluyen lo importante: las cifras altas que circulan están infladas por cómo se mide, no por lo que pasa.
Es decir: la inmensa mayoría de la gente que juega mucho no tiene un trastorno. Es un dato de población general y no existen estimaciones específicas para población LGTBIQ+, así que tratarlo como si las hubiera sería inventarlas.
Lo que sí conviene mirar, y no es la consola
En consulta las preguntas que distinguen suelen ser estas.
¿A qué hora empiezas y por qué a esa? Muchas veces la partida no empieza cuando apetece jugar: empieza cuando termina algo que se estaba evitando —la casa en silencio, la conversación pendiente, el domingo por la tarde—.
¿Cómo te deja? No mientras juegas, que suele estar bien. Después. Si al cerrar aparece algo parecido a la vergüenza, esa es la información.
¿Qué pasa cuando no puedes? Un fin de semana fuera, la conexión caída. Si aparece irritabilidad o angustia, es distinto de echarlo de menos.
¿Se lo has contado a alguien de fuera? Ocultar cuánto juegas —o mentir sobre ello a la pareja— es de las señales más fiables, porque significa que ya hay conflicto interno.
¿Duermes? Jugar hasta tarde es el primer sitio donde esto se nota y el que más rápido deteriora todo lo demás.
Si te reconoces en varias, el espacio donde se mira eso sin que nadie te pida que vendas la consola es la terapia para el uso problemático de videojuegos.
Por qué «juega menos» es el peor plan posible
Quitar sin construir es la forma más segura de que la persona vuelva en dos semanas, y encima con la sensación de haber fracasado.
Si el juego es hoy tu principal fuente de vínculo, retirarlo deja un agujero que no se llena solo. Y ese agujero se llena rápido con algo peor: pantallas más pasivas, más aislamiento, o directamente volver al juego pero ahora también con culpa.
Por eso el orden importa. Se construye antes de retirar. Primero aparece algo que ocupe ese lugar —una actividad con gente, un plan fijo en la semana, una conversación pendiente que se retoma— y solo entonces las horas bajan solas, sin épica.
Esto conecta con algo más grande: cuando la vida social se ha ido apagando, el problema no son las pantallas. Es la soledad en hombres gais, que es lo que hay debajo con mucha más frecuencia de lo que parece.
Qué se trabaja, en concreto
Uno: el mapa de la semana. No para contar horas, sino para ver cuándo se juega. El patrón casi siempre es reconocible, y verlo escrito cambia más cosas que cualquier propósito.
Dos: qué te da que no tienes en otro sitio. A veces es compañía, a veces es competencia, a veces es un sitio donde eres bueno. Cada una lleva a un trabajo distinto, y confundirlas es lo que hace fracasar los intentos.
Tres: la gente del chat cuenta. Es un error tratar esas amistades como si no fueran reales; para muchas personas son las más estables que tienen. El objetivo no es sustituirlas, es que no sean las únicas.
Cuatro: el sueño primero. Antes que reducir nada, se recupera la hora de dormir. Es lo que más rápido devuelve capacidad para todo lo demás, y suele bajar el juego sin que nadie se lo proponga.
Y si el que juega no eres tú
Llega también la pareja, y con una versión bastante parecida: se acuesta sola, ha dejado de esperar, no sabe cómo sacar el tema sin que acabe en bronca.
Dos cosas que ayudan más que discutir. La primera: hablar de lo que echas de menos, no de las horas. «Me acuesto sola todos los días» abre una conversación; «te pasas el día jugando» la cierra en un segundo. La segunda: proponer algo concreto y pequeño —una noche a la semana, una hora— en vez de pedir un cambio general que nadie sabe cómo cumplir.
Y una que no ayuda, aunque tiente: cortar el router o el acceso. Convierte el conflicto en una guerra por el control y hace mucho más difícil que después acepte hablarlo.
Antes de cerrar esta página
Si te has reconocido, prueba una cosa muy pequeña esta semana: durante siete días, anota solo a qué hora empiezas. Nada más. Ni cuánto, ni si está bien o mal.
Al séptimo día lo miras. Casi siempre hay un patrón, y casi nunca habla de videojuegos ni de jugar hasta tarde: habla de qué hora del día se te hace difícil.
Y si al verlo aparece lo de siempre —que llevas tiempo queriendo cambiarlo y no puedes solo—, eso se trabaja, y sin que nadie te pida que dejes de jugar. Puedes empezar por aquí: terapia afirmativa LGTBIQ+, en Madrid o por videollamada.
Si las tres de la mañana se han vuelto tu única hora tranquila, escríbeme.
La consola, el sueño y otras preguntas de las dos y media
¿Jugar hasta tarde es adicción?
Casi nunca, y la palabra estorba más que ayuda. El trastorno por videojuegos existe como diagnóstico, pero exige pérdida de control sostenida y deterioro claro en varias áreas durante meses. Lo que le pasa a la mayoría no es eso: es que la partida se ha convertido en el único rato del día que es suyo.
¿Cuántas horas son demasiadas?
No hay cifra que sirva. Hay quien juega quince horas a la semana con su vida en orden y quien juega cinco y está tapando algo. El criterio útil no es cuánto, es qué ocupa: si has dejado de hacer cosas que te importaban o llevas meses durmiendo mal por esto, el número da igual.
Duermo fatal por esto y aun así no lo dejo. ¿Por qué?
Porque el cansancio no compite con lo que la partida te está dando. Si a las dos y media eso es lo mejor del día, quitarlo sin poner nada en su sitio deja el hueco al aire. Por eso funciona mejor mover la hora que prohibirse la partida.
Mi pareja dice que juego demasiado.
Suele ser el primer aviso y conviene escucharlo sin ponerse a la defensiva, aunque la forma de decirlo no sea la mejor. Lo que casi siempre hay debajo no es el juego: es que la persona echa de menos algo. Esa conversación va de eso, no de horas.
¿Y si el que juega es mi pareja o mi hijo?
Lo que peor funciona es la retirada del aparato y el sermón: convierte el juego en territorio a defender. Lo que sí abre conversación es preguntar qué le da eso y qué se ha ido quedando fuera, sin que suene a examen.
Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación psicológica profesional.
Artículo revisado y redactado por Mariano Ventura Barreira – Psicólogo General Sanitario · Colegiado M-36402
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