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Psicología LGTBIQ+

Explicarte otra vez: el desgaste de ser queer o pansexual

Mariano Ventura

29 de agosto de 2026 · 11 minutos de lectura

Es una cena de cumpleaños, hay diez personas y alguien acaba de preguntarte, con toda la buena intención del mundo, qué es exactamente eso de pansexual. Tú ya sabes lo que viene: los treinta segundos de definición, la broma sobre las sartenes, el que dice que eso es ser bisexual de toda la vida, el que suelta que ahora hay una etiqueta para todo. Y tú contestando. Otra vez. Con la misma paciencia con la que contestaste en el trabajo la semana pasada, y en la consulta del médico el mes pasado, y a tu hermana en Navidad.

No es que la pregunta sea agresiva. Casi nunca lo es. Es que hay que responderla siempre, y que responderla cuesta algo que no se ve.

La pregunta no te la hacen a ti: se la hacen a tu etiqueta

Hay una diferencia entre las palabras que la gente ya conoce y las que hay que traducir. Cuando alguien dice que es gay o lesbiana, la conversación sigue. Cuando alguien dice que es queer o pansexual, la conversación se detiene un momento y se convierte en una clase.

Ese momento parece pequeño y tiene consecuencias. Convierte cada presentación en un examen. Te obliga a decidir, cada vez, si tienes el día para explicar o si vas a dejar que asuman lo que quieran. Y en cuanto empiezas a explicar, dejas de ser una persona en una cena y pasas a ser la portavoz de un concepto.

Fijemos los términos, aunque sea deprisa, porque el artículo lo pide.

Pansexual describe a quien siente atracción hacia personas con independencia de su género. Queer es una palabra más antigua y más amplia: un insulto que el propio movimiento se apropió y que hoy usa quien no se reconoce en las categorías disponibles, o quien no quiere elegir una. Las dos son categorías comunitarias, no categorías clínicas: no están en el DSM ni en la CIE, y no tienen por qué estarlo. Su función no es diagnosticar, es describir. Sirven para que alguien que llevaba años sintiendo que ninguna casilla le encajaba encuentre por fin una palabra en la que reconocerse.

Qué sabemos de verdad sobre las personas queer y pansexuales

Conviene empezar por lo que no sabemos, porque es mucho. Estas dos identidades llevan poco tiempo apareciendo por separado en los cuestionarios de investigación: durante décadas, quien decía «pansexual» acababa contado en la casilla de «bisexual» o directamente en «otros». Eso significa que la evidencia específica es escasa y reciente, y que cualquiera que te dé cifras rotundas sobre esto está adornando.

Aun así hay trabajo serio. El más útil para entender de qué estamos hablando es el de Timmins, Rimes y Rahman, publicado en The Journal of Sex Research en 2021, en línea desde diciembre de 2020 (DOI 10.1080/00224499.2020.1849527). Compararon a 160 personas pansexuales y 80 personas queer con grupos mucho más grandes: 1.518 bisexuales, 2.730 lesbianas y gais, y 1.021 heterosexuales. Es una muestra británica de personas cisgénero reclutada en una encuesta transversal, y eso condiciona lo que se puede concluir.

Dos resultados de ese estudio merecen contarse. El primero: las personas pansexuales no se diferenciaban de forma significativa de las bisexuales en su patrón de atracción, mientras que las personas queer quedaban en un punto intermedio entre las bisexuales y las lesbianas y gais. Traducido: la diferencia entre pansexual y bisexual, medida en a quién te atrae, es pequeña. Lo que cambia sobre todo es qué palabra elige la persona para nombrarse y qué quiere decir con ella. Eso no la hace menos real —la gente tiene derecho a elegir cómo se llama—, pero explica por qué las discusiones sobre cuál es la etiqueta «correcta» son tan estériles.

El daño no lo hace el comentario: lo hace lo que viene después

El segundo resultado de ese mismo estudio es el que más se usa en consulta. En los tres grupos analizados, los episodios de prejuicio se asociaban con más malestar psicológico, como cabía esperar. Pero cuando los autores metieron en el modelo la rumiación —la tendencia a darle vueltas a lo ocurrido—, la relación directa entre el episodio y el malestar se debilitaba.

Dicho de otro modo: buena parte de lo que duele no ocurre en la cena. Ocurre a las dos de la mañana, repasando lo que dijiste, lo que deberías haber dicho, la cara que puso, si te pasaste, si no te defendiste bastante. El comentario dura quince segundos. El repaso dura semanas.

Esto no significa que el problema sea tuyo por darle vueltas. Significa que hay dos frentes distintos, y que uno de ellos —el de dentro— sí se puede trabajar sin esperar a que el mundo cambie. En terapia esa distinción es muy operativa: no se trabaja para que dejen de decirte tonterías, se trabaja para que la tontería no se quede a vivir en tu cabeza tres semanas.

Esconderse cansa el mismo día, no al siguiente

Hay una decisión que las personas queer y pansexuales toman muchas veces al día y que casi nadie nombra: la de no corregir. Dejar que en el trabajo te crean heterosexual. Dejar que en el ambiente te crean gay. No decir nada cuando alguien da por hecho el género de tu pareja. No es mentir; es no abrir un expediente.

Feinstein y colaboradores midieron exactamente eso en un estudio de diario publicado en Behavior Therapy en 2022 (DOI 10.1016/j.beth.2022.01.013). Durante 28 días, 208 adultos bisexuales, pansexuales y queer anotaron a diario cuánta discriminación habían vivido, cuánto estigma interiorizado sentían, cuánta sensibilidad al rechazo y cuánto habían ocultado su identidad. El resultado: los días con más de esas cuatro cosas —incluida la ocultación— eran los días con más ánimo deprimido y ansioso. Y un matiz importante, porque va contra la intuición: el efecto aparecía el mismo día, no al día siguiente.

Que no se arrastre al día siguiente es, en realidad, una noticia razonable: sugiere que la gente afronta y se recupera. Pero también dice algo incómodo sobre el día a día. Si esconderse te cuesta el ánimo de esa tarde y te escondes casi todos los días, la suma no aparece en ningún sitio como un problema grande, y sin embargo está.

Dentro del colectivo también hay que explicarse

Aquí está lo que hace este tema distinto en un blog de terapia afirmativa, y no en cualquier blog de psicología. El desgaste de explicarse no termina cuando entras en un espacio LGTBIQ+. A menudo empieza otra vez.

En el ambiente hay una jerarquía tácita de credibilidad, y las identidades no monosexuales están más abajo. A una persona pansexual le toca escuchar que está de paso, que ya se decidirá, que en realidad es bisexual y le gusta la palabra nueva. A una persona queer, que no se moja, que se apunta a lo cómodo, o la sospecha de que ni siquiera es del colectivo si su pareja actual es de otro género. Es un rechazo distinto del de fuera y duele más, porque llega desde el único sitio donde no se esperaba tener que enseñar el carné.

La investigación cualitativa ha empezado a describir esto con precisión. Farvid y colaboradoras entrevistaron en profundidad a 20 mujeres plurisexuales —bisexuales y pansexuales— en Aotearoa Nueva Zelanda para un estudio publicado en The Journal of Sex Research en 2026 (DOI 10.1080/00224499.2026.2686410). Su conclusión describe estas identidades como espacios de posibilidad y a la vez fuentes de aislamiento, que exigen un trabajo cognitivo, emocional y relacional continuo. Es una muestra pequeña, de mujeres y de un país concreto; no es una estadística que se pueda extender a los hombres queer de Madrid. Pero pone nombre a algo que en consulta se oye a todas horas: que ser pansexual o queer no cansa por dentro, cansa por gestión.

Qué se trabaja en terapia, si es que hay algo que trabajar

Lo primero es lo que no se trabaja: la identidad. Quien llega diciendo que es queer o pansexual no viene a que se lo revisen. Un profesional que dedique la primera sesión a comprobar si eso es «de verdad» está repitiendo la cena de cumpleaños, cobrando.

Lo que sí aparece, y aparece mucho:

El agotamiento de la traducción. Decidir a quién se le cuenta y a quién no, con qué palabras, en qué orden. Se puede convertir en una política personal en vez de una decisión de cada vez, y eso solo ya descarga bastante.

La duda instalada desde fuera. Después de años de «ya te decidirás», mucha gente ha interiorizado la sospecha y llega preguntándose si no estará realmente confundida. Distinguir la duda propia —que es legítima y a veces interesante— de la duda que te han puesto ahí es una parte central del trabajo. Cuando la duda tiene una forma más obsesiva, con comprobaciones y angustia, conviene además saber que existe y se trata: lo conté al hablar del TOC de orientación sexual.

La rumiación posterior. Es lo que el estudio de Timmins señalaba y lo que más alivio rápido da cuando se aborda directamente.

La soledad de no tener referentes. Es difícil encontrar a alguien mayor que tú que se nombre igual que tú, porque las palabras son nuevas. Esa falta de espejo pesa, y se parece bastante a otras formas de soledad dentro del colectivo.

Si buscas acompañamiento con este punto de partida, en la página de terapia afirmativa para personas queer y en la de terapia para personas pansexuales explico cómo lo planteo. Y si lo que te resuena es la parte de tener que demostrar constantemente que tu orientación existe, hay otra que lleva décadas en esa misma situación: lo escribí en terapia para personas bisexuales. Si además tu incomodidad tiene que ver con el género y no solo con la atracción, quizá te sirva lo que conté sobre la identidad de género no binaria.

Preguntas frecuentes

¿Ser queer o pansexual es lo mismo que ser bisexual?

No exactamente, aunque se solapan mucho. El estudio de Timmins y colaboradores no encontró diferencias significativas de patrón de atracción entre personas pansexuales y bisexuales, y situó a las personas queer en un punto intermedio. Lo que suele cambiar es el significado que cada persona le da a la palabra: quien elige «pansexual» a menudo quiere subrayar que el género no interviene, y quien elige «queer» a menudo quiere no cerrar la definición. Discutir cuál es la correcta no lleva a ninguna parte; preguntarle a la persona qué quiere decir con la suya, sí.

¿Tengo que elegir una etiqueta?

No. Las etiquetas son herramientas: sirven mientras te ayudan a entenderte y a encontrar a gente parecida, y dejan de servir cuando se convierten en una obligación. Cambiar de palabra a los treinta o a los cincuenta no invalida nada de lo anterior.

¿Por qué me cuesta más en espacios LGTBIQ+ que fuera?

Porque fuera esperas incomprensión y vas preparado; dentro no. El rechazo que llega del propio grupo pilla sin defensas y se interpreta como un juicio sobre si perteneces. Es un fenómeno descrito y no tiene nada de exagerado.

¿Cómo respondo cuando me piden que me explique otra vez?

No hay una fórmula, pero ayuda decidirlo antes y no en el momento. Tener preparada una frase corta para los desconocidos, una un poco más larga para quien te importa, y el permiso explícito de no contestar cuando no te apetece. La mayor parte del cansancio no viene de explicar: viene de improvisar bajo presión.

Con qué quedarte

Si te has reconocido en algo de esto, quédate con la distinción que ordena todo lo demás: una cosa es lo que te dicen y otra lo que haces tú con lo que te dicen. Lo primero no depende de ti y seguirá pasando. Lo segundo —el repaso nocturno, la duda que se te quedó dentro, el cálculo constante de a quién se lo cuentas— sí se puede trabajar, y es donde antes se nota el alivio.

Y si estás cansado de empezar cada conversación por la definición: aquí no hace falta. Escríbeme por WhatsApp y empezamos por lo que te pasa, no por lo que eres.

Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación psicológica profesional.


Artículo revisado y redactado por Mariano Ventura Barreira – Psicólogo General Sanitario · Colegiado M-36402

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