Retoques estéticos: por qué siempre hay una cosa más
Mariano Ventura
25 de agosto de 2026 · 10 minutos de lectura
Sales de la clínica contento. Ha quedado bien, se te ve descansado, un par de amigos te lo han dicho sin saber por qué. Y esa misma semana, delante del espejo del baño, te descubres mirándote el cuello.
No es que estés mal. Es que ahora ves otra cosa.
La frase que se repite en consulta
Entre quienes se hacen retoques estéticos hay una frase que aparece casi con las mismas palabras: «estoy contento, solo hay una cosa más que me haría».
Y casi siempre hubo otra cosa más antes. Y otra antes de esa.
Eso no significa que la persona esté enferma ni que se haya pasado. Significa algo más interesante y menos moralista: que corregir un rasgo no apaga la mirada, la entrena. Cuando dejas de ver lo que te molestaba, el ojo no se apaga: se mueve al siguiente sitio. Y el siguiente sitio siempre existe.
Los profesionales serios del sector lo saben perfectamente y por eso muchos preguntan antes de tocar nada. El problema es que quien llega ya lleva años haciéndose la pregunta solo, y con una respuesta que suele ser una cifra: cuánto cuesta.
Por qué esto pesa distinto en esta comunidad
Aquí hay algo específico, y no es que los hombres gais sean más vanidosos.
Es que la cara y la edad se comentan en voz alta. En un grupo de amigos, en una cena, en una app. Se dice «estás igual que hace diez años» y se dice lo contrario, y las dos cosas se dicen delante de la persona con una naturalidad que en otros contextos sería impensable.
A eso se suma la evidencia sobre insatisfacción corporal. Un estudio publicado en Psychology of Sexual Orientation and Gender Diversity (Davids, Watson, Nilsson y Marszalek, 2015) analizó la insatisfacción corporal en hombres gais y encontró que se relaciona con la objetivación sexual y con la forma de implicarse en la comunidad: no es un rasgo individual, es algo que ocurre en un contexto.
Y el contexto tiene un doble filo del que casi no se habla: hacerse retoques estéticos es a la vez lo más normal del mundo y lo que menos se puede reconocer en voz alta. Se hace mucho y se cuenta poco. Así que la gente decide sola, sin referencias reales, comparándose con caras que también están retocadas y que nadie admite que lo estén.
Retoques estéticos: dónde está la línea, según los datos
Existe una forma de mirarlo que no depende de la opinión de nadie.
El trastorno dismórfico corporal —preocupación intensa por un defecto que los demás apenas perciben, con conductas repetidas de comprobación— es mucho más frecuente en las consultas estéticas que en la población general. Un estudio publicado en Body Image (Veale, Gledhill, Christodoulou y Hodsoll, 2016) revisó su prevalencia por entornos y estimó un 1,9 % en población adulta general frente a un 13,2 % en cirugía estética, un 9,2 % en dermatología estética y hasta un 20,1 % en rinoplastia.
Es decir: de cada cinco personas que se operan la nariz, una cumple criterios. Y los autores señalan algo importante: en los entornos estéticos, a diferencia de otros, los hombres no son minoría.
Dos precisiones honestas. La primera: son datos de población general, no hay estimaciones específicas para población LGTBIQ+, y presentarlas como si las hubiera sería inventarlas. La segunda, y más importante: que el porcentaje sea alto no significa que tú lo tengas. La mayoría de quienes se hacen tratamientos no cumplen criterios de nada.
Las preguntas que sí distinguen
No es cuánto te has hecho. Es esto:
¿Cuánto tiempo al día ocupa? No el tratamiento: la comprobación. Mirarse, buscar la luz buena, revisar fotos, calcular. Si son horas, el número de procedimientos da igual.
¿El alivio dura? Después de la última vez, ¿cuánto tardó en aparecer la siguiente cosa? Si fueron días, el problema no era el rasgo.
¿Has dejado de hacer cosas? Evitar fotos, evitar cierta luz, no quedar los días malos.
¿Lo cuentas? Ocultarlo del todo —o mentir sobre lo que ha costado— es una señal más fiable que cualquier otra, porque indica que ya hay vergüenza dentro.
¿Quién decide? Si la respuesta es «lo decido cuando estoy mal», entonces no decides tú.
Si te reconoces en varias, el sitio donde se mira eso sin que nadie te diga qué hacer con tu cara es la terapia sobre estética y presión de imagen.
Lo que no va a pasar en consulta
Conviene decirlo, porque es el miedo con el que llega mucha gente y el motivo de que tarden años en pedir cita.
Nadie te va a pedir que te deshagas de nada ni te va a explicar que deberías quererte como eres. Cuidarse no es el problema, y tratar los retoques estéticos como una debilidad moral es exactamente el tipo de conversación que hace que la gente no vuelva.
Tampoco se va a discutir tu criterio estético. Lo que te guste de tu cara es tuyo.
Lo que sí se mira es otra cosa: en qué estado tomas la decisión. Porque la misma intervención puede ser una decisión tranquila o un intento de calmar algo, y desde fuera se ven idénticas. Desde dentro, no.
Qué se trabaja, en concreto
Tres cosas, y ninguna es dejar de hacerse nada.
Una: separar el momento. Identificar qué pasa las horas antes de pedir cita. Casi nunca es «me miré y no me gustó»: suele haber un desencadenante —una foto, un comentario, un rechazo, un cumpleaños— y localizarlo cambia la decisión más que cualquier argumento.
Dos: bajar la comprobación. No mirarse menos por fuerza de voluntad, que no funciona, sino entender qué alivia cada comprobación y qué la mantiene. Aquí se solapa con el trabajo sobre dismorfia corporal en hombres gais, que es el mecanismo de fondo cuando el chequeo se ha vuelto constante.
Tres: recuperar la decisión. Que puedas hacerte algo porque quieres, no porque lo necesitas para salir. La diferencia se nota en una cosa muy concreta: si puedes posponerlo tres meses sin angustia, decides tú.
Y hay una parte que se trabaja poco y pesa mucho: el dinero. Muchos de estos tratamientos se sostienen a plazos, y la factura acaba siendo su propia fuente de ansiedad. Eso conecta directamente con lo que cuesta hacerse un sitio, y conviene mirarlo junto, no por separado.
El factor que casi nadie menciona: quién te lo recomendó
Hay una variable que decide mucho y que se cuenta poco: de dónde viene la idea.
No es lo mismo llegar a una clínica con algo pensado desde hace tiempo que llegar porque un anuncio te siguió tres semanas por Instagram, porque alguien del grupo se lo hizo y quedó bien, o porque en la consulta te ofrecieron «ya que estás» un tratamiento que no ibas buscando.
Ese último caso conviene nombrarlo sin dramatismo: hay negocios que funcionan por volumen y cuya oferta se dispara precisamente cuando detectan a alguien inseguro. No todos, ni mucho menos. Pero el sector no está pensado para frenarte, y esperar que lo haga es pedirle a alguien que trabaje contra su propia caja.
Una señal práctica: si te han ofrecido algo que no habías pensado y dijiste que sí en la misma visita, merece la pena mirar qué pasó ahí. No porque la decisión sea mala —a veces es buena—, sino porque el tiempo entre la idea y la cita es justo lo que distingue elegir de reaccionar.
Y otra que sirve para casi todo: pregunta cuánto dura, qué pasa cuando deje de hacer efecto y qué costará mantenerlo al año. Si la respuesta es vaga, no es tu criterio el que falla.
Antes de cerrar esta página
Si te has reconocido leyendo, prueba algo concreto: la próxima vez que aparezca «una cosa más», no la descartes ni pidas cita. Anótala con la fecha y espera un mes.
Al mes, léela. A veces sigue ahí igual de clara, y entonces es una decisión tuya de verdad. Y a veces ni te acuerdas de por qué te pareció urgente, y eso también es información.
Si al hacerlo descubres que la lista no para de crecer, eso no se arregla con más disciplina delante del espejo. Se trabaja, y se trabaja mejor acompañado. Puedes empezar por aquí: terapia afirmativa LGTBIQ+, en Madrid o por videollamada, donde no se juzga nada de lo que te hayas hecho.
Preguntas frecuentes sobre retoques estéticos
¿Por qué siempre aparece «una cosa más»?
Porque corregir un rasgo no apaga la mirada: la entrena. Cuando dejas de ver lo que te molestaba, el ojo no se apaga, se mueve al siguiente sitio. Y el siguiente sitio siempre existe. Eso no significa que estés enfermo ni que te hayas pasado.
¿Hacerme retoques estéticos significa que tengo un problema?
No. La mayoría de quienes se hacen tratamientos no cumplen criterios de nada. El trastorno dismórfico corporal es más frecuente en las consultas estéticas que en la población general —un 13,2 % en cirugía estética frente a un 1,9 % en población adulta, según Veale y colaboradores (2016)—, pero que el porcentaje sea alto no significa que tú lo tengas.
¿Cómo sé si me he pasado?
No es cuánto te has hecho. Es cuánto tiempo al día ocupa la comprobación —mirarse, buscar la luz buena, revisar fotos—, si el alivio dura o la siguiente cosa aparece a los pocos días, si has dejado de hacer cosas por evitarte, si lo ocultas, y en qué estado tomas la decisión. Si te reconoces en varias, merece la pena mirarlo.
¿En terapia me van a decir que deje de hacerme cosas?
No. Nadie te va a pedir que te deshagas de nada ni te va a explicar que deberías quererte como eres. Tampoco se discute tu criterio estético: lo que te guste de tu cara es tuyo. Lo que sí se mira es en qué estado tomas la decisión, porque la misma intervención puede ser una decisión tranquila o un intento de calmar algo.
Si la lista de «una cosa más» no se acaba nunca, escríbeme y lo miramos juntos.
Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación psicológica profesional.
Artículo revisado y redactado por Mariano Ventura Barreira – Psicólogo General Sanitario · Colegiado M-36402