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Psicología LGTBIQ+

La I que nadie explica: ser intersexual dentro del LGTBIQ+

Mariano Ventura

8 de septiembre de 2026 · 12 minutos de lectura

En la asamblea de una asociación, alguien lee las siglas en voz alta para abrir la reunión: ele, ge, te, be, i, cu, más. Llega a la i y hace una pausa mínima, la que se hace cuando una letra se pronuncia sin saber del todo qué hay detrás. Al fondo de la sala hay una persona que sí lo sabe, porque es la suya, y que lleva veinte minutos calculando si le apetece explicarlo otra vez. Decide que no. Se queda con la letra dicha y sin desarrollar, que es más o menos como ha vivido siempre eso de ser intersexual.

Ser intersexual es la parte del LGTBIQ+ que casi todo el mundo nombra y casi nadie sabe explicar. Se cuela en las siglas de los carteles, en los comunicados y en los discursos del Orgullo, y ahí se queda: pronunciada, incluida sobre el papel, sin contenido. Este artículo va de lo que hay detrás de esa letra, y sobre todo de lo que le hace a alguien pasarse la vida siendo la nota al pie de su propia comunidad.

Qué nombra la I y qué no

La I no nombra una orientación ni una identidad de género. Nombra un cuerpo: el de las personas que nacen con características sexuales —cromosomas, gónadas, genitales, respuesta hormonal— que no encajan del todo en las casillas típicas de «masculino» o «femenino». No es una cosa, son muchas: hay decenas de variaciones distintas, unas visibles al nacer, otras que aparecen en la pubertad y otras que no se descubren hasta que alguien busca tener hijos y le hacen un cariotipo a los treinta y cuatro años.

De ahí vienen dos confusiones que conviene quitar de en medio pronto. La primera: intersexual no es sinónimo de trans. Una persona intersexual puede ser trans o cis, igual que puede ser hetero, bi o lesbiana; son ejes distintos que se cruzan pero no se solapan. La segunda: no es un tercer sexo ni una identidad que se elige. Es una característica del cuerpo con la que se nace, y lo que se elige —cuando se deja elegir— es qué hacer con ella.

Y ahí está el nudo del asunto, porque históricamente casi nunca se ha dejado elegir.

El expediente que llega tarde

Una parte enorme de la experiencia intersexual no es sobre el cuerpo. Es sobre la información: quién la tuvo, quién la guardó y cuándo llegó.

Durante décadas, el protocolo con las familias fue el secreto benévolo. Se operaba pronto, se explicaba poco y se recomendaba a los padres que no le dieran importancia, con la idea de que un niño que no sabe nada crece sin conflicto. El resultado, en muchos casos, fue una persona adulta que reconstruye su propia historia clínica a trozos: una cicatriz que nadie explicó, una medicación que se tomó desde siempre sin saber para qué, revisiones anuales con un especialista cuyo nombre nadie decía en voz alta, una carpeta que aparece cuando muere un familiar.

Esto tiene una consecuencia psicológica que se ve en consulta y que no siempre se anticipa: cuando la información llega tarde, no llega sola. Llega con la certeza de que hubo un acuerdo entre adultos para no contárselo. El malestar de mucha gente intersexual no se organiza alrededor del diagnóstico, sino alrededor de ese acuerdo. No es «tengo esta variación», es «me lo ocultaron, y si me lo ocultaron es que había algo que ocultar».

Cuando alguien empieza terapia con esa frase debajo, el trabajo no consiste en normalizar el cuerpo a toda prisa. Consiste, primero, en darle sitio a algo bastante razonable: el enfado con quien decidió por ti antes de que pudieras hablar.

«Todo salió bien»: quién decide que salió bien

Hay un dato que ordena bastante esta conversación, y viene del estudio europeo más grande que existe sobre el tema. El proyecto dsd-LIFE reunió a 1.040 adolescentes y adultos con diferencias del desarrollo sexual en seis países europeos, y analizó en detalle a los 500 que habían pasado por alguna cirugía genital o mamaria (Rapp y cols., Journal of Pediatric Urology, 2021, doi:10.1016/j.jpurol.2020.12.007).

Los médicos que hicieron la exploración calificaron el resultado anatómico como pobre en menos del 10 % de los casos. Es decir: desde fuera, casi todo había salido bien. Pero cuando se preguntó a las propias personas, el 22 % estaba insatisfecho con el aspecto anatómico y el 20 % con la función. Y entre quienes habían pasado por una gonadectomía, el 29 % describía un efecto negativo de esa intervención en su vida. Los autores lo resumen en una frase que merece leerse dos veces: la satisfacción que informa la propia persona suele ser menor que la evaluación del observador.

Conviene decir qué significa eso y qué no. No significa que toda cirugía sea un daño; la mayoría de participantes no describió un impacto negativo. Significa otra cosa, más pequeña y más importante: que «salió bien» es un juicio, y que durante mucho tiempo lo emitió siempre quien miraba desde fuera. Cuando alguien intersexual dice en consulta que no está conforme con su cuerpo, hay una historia entera de informes que dicen lo contrario. Parte del trabajo terapéutico es sostener que su valoración cuenta, y que contar no es lo mismo que llevar razón contra nadie: es tener voz en un expediente en el que nunca la tuvo.

Por qué la ansiedad y la tristeza aparecen tanto

La salud mental de las personas intersexuales está peor documentada de lo que debería, pero lo poco que hay apunta todo en la misma dirección.

El primer estudio nacional de salud en adultos intersexuales de Estados Unidos encuestó a 198 personas mayores de 18 años. Más del 43 % valoró su salud física como regular o mala, y el 53 % dijo lo mismo de su salud mental; los diagnósticos más frecuentes fueron depresión y ansiedad (Rosenwohl-Mack y cols., PLoS ONE, 2020, doi:10.1371/journal.pone.0240088). Es una muestra no probabilística —gente que llegó a través de asociaciones, no una muestra representativa del país— y los propios autores lo señalan; hay que leerlo como una fotografía de una comunidad concreta, no como una tasa poblacional.

La revisión sistemática de Zeeman y Aranda, que cribó más de nueve mil referencias para quedarse con las dieciséis que cumplían criterios, llega a la misma conclusión y añade la explicación: mayor incidencia de ansiedad, depresión y malestar psicológico que en la población general, vinculada al estigma y a la discriminación, no a la variación corporal en sí (International Journal of Environmental Research and Public Health, 2020, doi:10.3390/ijerph17186533).

Esa distinción es todo el asunto. Es el mismo mecanismo que explica por qué el resto de la comunidad tiene peores cifras de salud mental sin que haya nada estropeado en sus personas: el desgaste de vivir en un entorno hostil, lo que se conoce como estrés de minoría. Con una vuelta de tuerca añadida, y es que aquí buena parte del entorno hostil fue, durante años, el sistema sanitario. Mucha gente intersexual llega a terapia con miedo a las consultas médicas, y ese miedo no es irracional: está aprendido en consultas médicas.

Estar dentro de las siglas y seguir explicándote

Queda la parte que casi no aparece en la literatura y que sí aparece en la consulta: qué se siente al estar oficialmente incluido en un movimiento que no sabe de qué va lo tuyo.

La comunidad LGTBIQ+ es, para mucha gente, el sitio donde por fin no hay que explicar nada. Para las personas intersexuales suele ser un sitio donde hay que explicarlo todo, otra vez, y encima con buena cara, porque quien pregunta lo hace con cariño. Hay una fatiga específica ahí que no es homofobia ni rechazo: es ser permanentemente la excepción pedagógica del grupo. Aparece en formas muy reconocibles —evitar los espacios donde tocará contarlo, dosificar con quién sí, quedarse callado en la asamblea— y se parece bastante al cansancio que describen las personas no binarias cuando cuentan que su identidad se acepta de boquilla y se olvida en la práctica.

Y hay un efecto secundario que conviene nombrar: cuando el único sitio donde deberías poder descansar también te pide trabajo, la conclusión fácil es que el problema eres tú. No lo es. Es que la letra se incorporó a las siglas antes de que nadie se molestara en aprenderse lo que hay detrás.

Qué se puede trabajar en terapia

No hay un protocolo cerrado para esto, y quien diga lo contrario está inventando. Lo que sí hay son cuatro cosas que aparecen una y otra vez y que se pueden trabajar:

Reconstruir la historia con los papeles delante. Pedir el historial, leerlo acompañado, poner fechas y nombres a lo que fue una nebulosa. Suena administrativo y es profundamente terapéutico: convierte un secreto en una biografía.

Separar el cuerpo del secreto. Buena parte de la vergüenza no está pegada a la variación, sino al silencio que la envolvió. Cuando se separan las dos cosas, a veces resulta que con el cuerpo no había tanto problema.

Decidir la exposición. A quién, cuándo y cuánto. Tener un guion corto preparado y permiso explícito para no dar explicaciones cambia mucho la disposición a salir de casa.

Volver a las consultas médicas sin pánico. Con preparación previa, con alguien delante si hace falta, y con la idea clara de que hoy se puede preguntar y decir que no.

Si quieres ver cómo se plantea ese acompañamiento, está desarrollado en la página de terapia afirmativa para personas intersexuales.

Lo que todavía no se sabe

Hay que decirlo, porque el hueco es grande. No existen apenas estudios longitudinales de salud mental en población intersexual, no existen datos específicos para España, y las muestras disponibles son pequeñas y llegan a través de asociaciones, lo que sesga hacia quien ya está organizado y visible. La propia revisión de Zeeman y Aranda termina pidiendo justamente eso: investigación a gran escala y hecha con personas con experiencia vivida, no sobre ellas.

Mientras tanto, lo honesto en consulta es no extrapolar de más y trabajar con lo que hay: una persona concreta, un historial que casi siempre está incompleto, y una letra en las siglas que por fin puede empezar a significar algo.

La i, el expediente y otras preguntas que sí se hacen

¿Ser intersexual es lo mismo que ser trans?

No, y es la confusión más repetida. Intersexual nombra un cuerpo: características sexuales que no encajan del todo en las casillas típicas. Trans nombra una identidad de género. Son ejes distintos que a veces se cruzan y casi nunca coinciden: una persona intersexual puede ser cis o trans, y hetero, bi o lesbiana, igual que cualquiera.

¿Se puede ser intersexual y no saberlo?

Se puede, y pasa a menudo. Hay variaciones que se ven al nacer, otras que aparecen en la pubertad cuando algo no sigue el guion esperado, y otras que no se descubren hasta que alguien busca tener hijos y le hacen un cariotipo a los treinta y tantos. Enterarse de adulto es una experiencia bastante común, aunque casi nadie la cuente.

Me acabo de enterar y no sé por dónde empezar.

Por no decidir nada en caliente. Lo primero suele ser pedir tu historia clínica completa, que es tuya y tienes derecho a ella, y leerla acompañado si puedes. Lo segundo es darte plazo: la información llega de golpe y las decisiones que importan —a quién se lo cuentas, qué haces con el enfado, si quieres o no seguimiento médico— aguantan perfectamente unas semanas.

¿Tengo que explicarlo cada vez que alguien pregunta por la i?

No. No hay ninguna obligación de hacer pedagogía sobre tu propio cuerpo, y menos en una asamblea o en una cena. Se puede decir «prefiero no entrar» y cambiar de tema. El cansancio de ir traduciéndose es real y explica bastante del desgaste que aparece en consulta.

¿Necesito terapia por ser intersexual?

Por serlo, no. Ser intersexual no es un diagnóstico psicológico ni algo que haya que tratar. Otra cosa es lo que pesa alrededor: el enfado con lo que se decidió sin ti, la relación con las consultas médicas, el aislamiento de no conocer a nadie más. Eso sí se trabaja, y se trabaja mejor con alguien que no te pida explicar lo básico primero.

Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación médica ni psicológica.

Si llevas años siendo la letra que nadie desarrolla y quieres hablarlo con alguien que no te pida explicar lo básico, escríbeme.


Artículo revisado y redactado por Mariano Ventura Barreira – Psicólogo General Sanitario · Colegiado M-36402

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