preguntador en serie
Psicología LGTBIQ+

¿Por qué no tengo ganas de nada, si tampoco estoy triste?

Mariano Ventura

5 de octubre de 2026 · 9 minutos de lectura

La pregunta llega casi siempre con la misma cara de extrañeza, y casi nunca en la primera sesión: «no tengo ganas de nada, pero tampoco estoy triste». Como si una cosa no cuadrara con la otra y hubiera que elegir.

Y la respuesta dura ya viene puesta: «entonces será que soy un vago», o «será la edad», o «será que me he acomodado». Ninguna de las tres es lo que está pasando.

Tres escenas que acaban igual

Viernes, 20:10. Álvaro, 34 años, tiene la camisa planchada encima de la silla desde las ocho. El plan le apetecía el lunes, cuando lo dijo. Ahora mira el móvil, calcula cuánto tarda en arreglarse y escribe que le ha surgido una cosa. No está triste: está en blanco. Luego se queda hasta las dos viendo vídeos que no recuerda al día siguiente.

Domingo, 12:40. Nacho, 46, lleva tres meses sin poner un disco. Le gustaba la música como le gusta a alguien que se sabe los créditos. Un amigo le pregunta qué está escuchando y descubre, al contestar, que no sabe qué contestar.

Martes, 23:55. Dani, 29, acaba de volver de una cena en la que se ha reído. En el portal, antes de subir, nota la sensación exacta que lo trae a consulta: ha funcionado bien toda la noche y no ha disfrutado ni un minuto.

Ninguno de los tres dice «estoy deprimido». Los tres dicen alguna versión de que no tienen ganas de nada y que no entienden por qué, si no les ha pasado nada.

Lo que la investigación todavía no dice de esto en hombres gais

Conviene empezar por el hueco, porque es grande: no hay estudios sobre anhedonia específicamente en hombres gais. Hay investigación abundante sobre depresión en personas lesbianas, gais y bisexuales, y hay investigación abundante sobre anhedonia en población general. El cruce de las dos cosas —si aparece antes, si dura más, si se confunde más con otra cosa en nuestra población— no está medido. Lo que viene a continuación sale de una parte de datos y de otra de consulta, y las dos se van a distinguir.

Lo que sí se sabe: no es tristeza, y por eso el tratamiento estándar se queda corto

Antes de las cifras, para qué sirven: no para ponerte una etiqueta, sino para que sepas que esto tiene nombre, que es frecuente y que el tratamiento genérico de la depresión a menudo no lo toca.

La palabra técnica es anhedonia: la pérdida de interés o de placer en lo que antes lo daba. Puede venir con tristeza o sin ella, y conviene explorar las dos cosas; lo que no se puede dar por hecho es que si no hay tristeza no hay nada.

Un estudio publicado en Psychological Medicine (Pugh, Saunders y colaboradores, 2026) analizó la anhedonia sesión a sesión en 22.605 pacientes del sistema público británico de psicoterapia. La mayoría estaban en terapia cognitivo-conductual o en counselling para depresión. Dos resultados que conviene conocer antes de empezar un proceso:

Más de la mitad no mejora con el protocolo estándar

Primero, más de la mitad —el 51,3 %— siguió una trayectoria de no respuesta: su anhedonia apenas se movió con el protocolo habitual para la depresión. Los autores lo llaman, sin rodeos, una brecha de eficacia. Segundo, entre quienes sí mejoraron, el cambio apareció entre la cuarta y la sexta sesión. Eso da una referencia para hablarlo: si llevas varias sesiones y nada se ha movido, la conversación que toca con tu terapeuta no es «aguanta más», es cómo va esto y si conviene ajustarlo.

Son pacientes británicos en tratamiento, sin desglose por orientación sexual, así que la cifra no se traslada a nadie en particular. Y conviene no estirarla: el estudio describe trayectorias de grupo y sugiere revisar el tratamiento si no hay mejoría temprana, no fija un umbral que valga para tu caso.

Y el otro dato, el que sitúa el riesgo de base. La revisión sistemática con metaanálisis de BMC Psychiatry (King y colaboradores, 2008) reunió 25 estudios de población con grupo heterosexual de comparación: 214.344 personas heterosexuales y 11.971 no heterosexuales. Encontró en personas lesbianas, gais y bisexuales un riesgo al menos 1,5 veces mayor de depresión y de ansiedad. Son estudios anglosajones publicados hasta 2005; no dicen nada sobre la anhedonia en concreto, pero sí que el suelo del que partimos está más bajo.

Por qué «no me apetece» cuesta más de decir siendo gay

Aquí está la parte que no sale en los estudios y que aparece en consulta una y otra vez.

Cuando «no me apetece» se lee como estar raro

Buena parte de la vida social del colectivo está construida alrededor de salir: la cena, la copa, la fiesta, el grupo, el finde fuera. Cuando llevas semanas sin ganas, decir «no me apetece» no se lee como un síntoma. Se lee como que estás raro, como que te has vuelto soso, o —peor— como que te estás apartando. Y entonces pasa lo de siempre: se disimula. Nadie dice en la cena «no tengo ganas de nada desde agosto»; se dice que ha sido una semana dura. Se acepta el plan, se va, se funciona bien, se vuelve a casa igual de vacío. El síntoma queda tapado por una agenda que parece normal, y eso puede alargar meses el momento de nombrarlo.

Y la trampa de compensarlo con más plan

Si tu valor ha dependido durante años de rendir, de gustar, de estar en el sitio correcto, la falta de ganas da miedo por lo que parece decir de ti: que te has descolgado. Así que se compensa con más plan y más gimnasio, que es exactamente lo contrario de lo que el cuerpo está pidiendo. Esa dinámica se parece mucho a cuando el valor propio depende del último logro, y a menudo viene montada sobre el desgaste de fondo que viene de antes.

Y una distinción que ahorra meses: esto no es la soledad que no se arregla con más plan. En la soledad hay ganas y falta compañía. Aquí hay compañía y faltan las ganas. Si se confunden, se acaba llenando la agenda de gente para curar algo que la gente no cura.

Cómo se trabaja en sesión

No se empieza por «haz cosas que te gusten», que es el consejo que todo el mundo ha recibido ya y que no funciona cuando nada apetece.

Medir antes de recomendar nada

Se empieza midiendo: qué cosas daban placer antes, cuándo dejaron de darlo, y si la pérdida es de anticipación —no apetece empezar— o de consumación —empiezas y no sabe a nada—. No es lo mismo y se trabaja distinto. Después se eligen actividades pequeñas, concretas y sin público, y se registra lo que pasa durante y después, no lo que uno esperaba sentir. Se trabaja también lo que vino con el síntoma: la culpa por fallar a los planes, el cansancio de disimular, la cuenta pendiente con el cuerpo. Y se revisa pronto cómo va, con el estudio del NHS como referencia de que la mejoría, cuando llega, suele asomar en las primeras sesiones: si no asoma, se replantea el plan y no la paciencia. Eso es parte de la terapia para la depresión en hombres gais, que no es solo hablar de tristeza.

La pregunta que desatasca la primera sesión

La hago casi siempre: ¿esto empezó después de algo, o se fue instalando sin que hubiera un después? Cuando hay un después —una ruptura, una mudanza, un trabajo nuevo, un diagnóstico— el trabajo tiene un punto de apoyo. Cuando no lo hay, lo que toca es mirar el desgaste acumulado, que casi nunca tiene un día de inicio y sí tiene una suma.

Si la falta de ganas viene con síntomas físicos que no habías tenido, eso se mira con un médico delante. La anhedonia también aparece en el hipotiroidismo, en una anemia, en la apnea del sueño y como efecto de algunos medicamentos. Descartarlo no es perder tiempo, es ahorrarlo. Y si lo que aparece son ideas de no querer seguir o de hacerte daño, eso no espera a la próxima cita. La Línea 024 atiende gratis y a cualquier hora. Ante una emergencia inmediata, el 112.

Un gesto para esta semana

Y para saber si esto ya es para consulta, la regla práctica que uso: dos semanas o más, casi todos los días, y tocando más de un área de tu vida (el trabajo, la gente, el sexo, lo que te gustaba). Si se cumple eso, no hace falta esperar a estar peor.

Coge tres cosas que hace dos años te apetecían de verdad y ponles fecha de cuándo dejaron de apetecer. No las hagas: solo féchalas. Casi nadie sabe esa fecha, y ponerla encima de la mesa convierte «me he vuelto un vago» en algo que tiene principio, y por tanto, contorno.

Y si al escribir esas tres fechas te sale que llevas más de dos meses así, escríbeme por WhatsApp y lo miramos antes de que se convierta en tu forma normal de estar.

Artículo revisado y redactado por Mariano Ventura Barreira – Psicólogo General Sanitario · Colegiado M-36402
Última revisión: 7 de octubre de 2026

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