Perder a la aliada
En muchas familias la madre es la primera que se entera y la que primero se ablanda. Cuando muere, se pierde a la vez a la madre y al único sitio donde no había que explicarse. Nombrar esa doble pérdida ya cambia algo.
Para muchos hombres gais la madre fue la primera que lo supo, la que hizo de puente con el resto de la familia y la que estuvo antes que nadie. Cuando falta, no falta solo ella: falta el puente.

¿Te suena esto?
Era la que sabía, la que preguntaba por tu pareja y la que te hacía de traductora con los demás.
Sin ella no sabes cómo va a quedar tu relación con tu padre o con tus hermanos.
Si nunca llegó a aceptarlo del todo, se ha cerrado la puerta de que algún día cambiara.
Quedaron conversaciones pendientes y ya no hay dónde llevarlas.
En el funeral tu pareja no ocupó el lugar que le tocaba, o directamente no lo ocupó.
Ha pasado tiempo, de fuera ya nadie lo menciona, y por dentro no ha pasado nada.
En qué te acompaño
En muchas familias la madre es la primera que se entera y la que primero se ablanda. Cuando muere, se pierde a la vez a la madre y al único sitio donde no había que explicarse. Nombrar esa doble pérdida ya cambia algo.
Si era ella la que traducía tu vida al resto de la familia, sin ella el vínculo con tu padre o tus hermanos se queda sin intermediaria. A veces se aleja todo de golpe, y eso es una segunda pérdida que casi nadie nombra.
Si nunca lo aceptó, la muerte cierra la posibilidad de que algún día llegara. Aparece un enfado que no se va y luego culpa por seguir enfadado con alguien que ya no está. Las dos cosas caben aquí.
Muchos hombres gais acaban siendo el hijo que cuida, el que está disponible, el que se queda. Después del duelo aparece a menudo la pregunta de qué parte de tu vida aplazaste, y merece mirarse sin culpa.
Que la familia coloque a tu pareja en segundo plano justo el día del funeral no es un detalle logístico: es una herida propia y necesita su espacio.
Cuando el entorno no reconoce del todo tu vínculo, tu pareja o tu forma de vivir, el duelo se vuelve desautorizado: duele igual y se puede compartir menos.
Cómo trabajo
Nos conocemos por videollamada. No hace falta que llegues ordenado ni que sepas explicar qué te pasa.
No hay fases que cumplir ni un tiempo correcto. Miramos cómo es el tuyo, con lo que tenga de complicado.
Sesiones de 50 minutos, semanales o quincenales, desde donde estés.
Hay épocas peores: aniversarios, Navidades, su cumpleaños. Se preparan en vez de que te pillen.

Sobre mí
Psicólogo G.S. M-36402 · Terapia Afirmativa LGTBIQ+
Acompaño en consulta a hombres gais que han perdido a su madre y que llegan con algo que les cuesta decir en voz alta: que además de a ella han perdido su sitio en la familia.
En muchas casas la madre fue la primera aliada, la que lo supo antes, la que medió con el padre y la que dejó claro que su hijo seguía siendo su hijo. Cuando falta, falta esa función además de la persona, y por eso este duelo tiene una forma propia.
Y hay algo que se ve poco: si no llegó a aceptarlo, la muerte cierra también la esperanza de que algún día cambiara. Aquí ese enfado y esa culpa no se corrigen: se acompañan.
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Reservar primera sesiónPreguntas frecuentes
Porque en muchas familias fue la primera que lo supo, la que medió con los demás y la que sostuvo el vínculo. Al morir se pierde a la madre y también a la aliada, y a veces el acceso al resto de la familia.
Es más frecuente de lo que se cuenta. Si era ella la que traducía tu vida al resto, sin ella el vínculo se queda sin intermediaria. Eso es una segunda pérdida y se trabaja como tal.
Sí, y suele ser más difícil. Se pierde a la madre y también la posibilidad de que algún día llegara a aceptarlo. Que sientas enfado no te hace mal hijo: es lo más habitual.
Es un patrón muy repetido: el hijo gay como el que está disponible y se queda. Después del duelo aparece la pregunta de qué aplazaste, y merece mirarse sin culpa.
Hace un daño real y no es un detalle del día. Es una herida propia, y aquí tiene su espacio en vez de quedar como nota al pie.
No hay un tiempo correcto, y desconfía de quien te dé una cifra. Lo que cambia es la forma: de ocuparlo todo a ocupar un sitio con el que se puede vivir.
Sirve igual. Muchos duelos se aparcan por trabajo, por cuidar a otros o por no poder pararse, y siguen ahí esperando.
Reseñas en Google
Empecé terapia con Mariano en uno de los momentos más difíciles de mi vida, cuando falleció mi madre. Tener un espacio donde poder hablar de todo lo que estaba sintiendo me ayudó muchísimo a atravesar ese duelo. Con el tiempo también trabajamos otras cosas importantes para mí, como aprender a poner límites, gestionar mejor mi energía y no llegar siempre al agotamiento. Hoy siento que afronto mi día a día con mucha más calma y herramientas. Aunque ya no voy de forma regular, sigo volviendo de vez en cuando para revisar cómo estoy y seguir creciendo. Me alegro muchísimo de haber dado el paso de empezar terapia con él. Lo recomiendo muchísimo sin ninguna duda.
Conocía a Mariano porque era amigo de un amigo, aunque realmente no teníamos relación. Yo ya venía de hacer terapia con otro psicólogo que me había ayudado mucho, pero sentía que necesitaba seguir profundizando en algunas cosas. Además, la perdida repentina de un amigo me había dejado una tristeza con la que no podía seguir viviendo. Durante la terapia trabajé el duelo, lo demandante que era y que soy conmigo mismo, la presión del trabajo, la influencia de haber crecido en una familia bastante tradicional y cómo todo eso acababa afectando a mi autoestima. También hablamos mucho de la relación con mi cuerpo y de lo difícil que a veces es vivir con los ideales físicos que parecen existir dentro del ambiente gay. Ahora mismo ya no voy porque el trabajo y los viajes me absorben bastante, pero guardo un recuerdo muy bueno de todo el proceso. Incluso hemos coincidido alguna vez y sé que, si en algún momento vuelvo a necesitar terapia, puedo contar con él sin ninguna duda. ¡¡¡Un saludo y gracias por todo!!!
Llegué a España sintiéndome completamente perdido, sin saber por dónde empezar y atravesando uno de los momentos más difíciles de mi vida. Encontrar a Mariano fue un antes y un después. Desde la primera sesión sentí que tenía un espacio seguro donde podía hablar sin miedo a todo lo que se me venía. Me ayudó a recuperar la calma, a ordenar mis ideas y a volver a creer que había salida, incluso cuando yo no la veía.
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