¿Es normal que me guste el BDSM? Lo que dice la investigación
Mariano Ventura
20 de septiembre de 2026 · 12 minutos de lectura
Cierras el portátil a la una de la madrugada, apagas la luz y te quedas un rato mirando el techo con una frase dándote vueltas, «¿esto es normal?». No es la primera vez que la piensas. Lo que has visto, o lo que llevas meses imaginando, te ha gustado. Y lo que te inquieta no es haberlo disfrutado, sino lo que eso pueda significar sobre ti. Si te gusta que te aten, ¿es que algo va mal? Si te gusta mandar, ¿eres una persona peligrosa? ¿Y si esto viene de algo que me pasó?
Si quieres hablarlo con alguien que no te va a juzgar, aquí cuento cómo es la terapia afirmativa con kink y BDSM.
Dicho entero, lo que te estás preguntando es si es normal que me guste el BDSM. Esa pregunta llega a consulta con bastante frecuencia, casi siempre de noche y casi nunca en la primera sesión. Conviene responderla en dos partes. Primero, qué se sabe de verdad. Después, dónde está la línea que sí importa clínicamente.
Qué salió al comparar a 902 practicantes con 434 personas que no lo eran
Durante décadas se dio por hecho que el BDSM (ataduras, disciplina, dominación, sumisión, sadomasoquismo) tenía algo de patológico, y con ello que no era normal que te gustara el BDSM. Cuando se puso a prueba, salió lo contrario.
El estudio de referencia es holandés. Wismeijer y van Assen compararon a 902 practicantes de BDSM con 434 personas del grupo de control en personalidad, estilos de apego, sensibilidad al rechazo y bienestar subjetivo (The Journal of Sexual Medicine, 2013; 10.1111/jsm.12192). Los practicantes puntuaron menos en neuroticismo y en sensibilidad al rechazo, y más en extraversión, apertura, responsabilidad y bienestar subjetivo. También puntuaron algo menos en amabilidad, que es el único resultado que no les favorece. Los autores concluyen, sin aspavientos, que el BDSM se parece más a una afición recreativa que a la expresión de un proceso psicopatológico.
Hay dos cautelas, porque el dato no es magia. La muestra se reclutó por internet en los Países Bajos, entre gente que ya se identificaba con la escena, así que probablemente recoge a quien lo lleva bien y no a quien lo vive con culpa y a escondidas, que es justo quien está leyendo esto. Y las diferencias son de grupo, así que no dicen nada sobre ti en particular. Lo que sí desmontan es la premisa de partida, la de que el interés en sí sea señal de daño.
Dominar no es maltratar, y eso también se ha medido
El segundo miedo suele aparecer en quien descubre que le gusta el papel dominante. «Si disfruto mandando, ¿no seré un maltratador de manual?»
Un estudio posterior lo miró de frente. Jansen, Fried y Chamberlain evaluaron a 279 personas de la comunidad BDSM, repartidas entre roles dominante, sumiso y switch, y midieron dominancia interpersonal y empatía (The Journal of Sexual Medicine, 2021; 10.1016/j.jsxm.2020.12.012). En la primera escala salió lo esperable. Los dominantes puntúan más alto en dominancia interpersonal que los switch, y estos más que los sumisos. Pero en empatía no hubo ninguna diferencia entre los tres grupos. Además, sumisos y switch quedaron en el rango medio de la muestra normativa, y los dominantes por encima, aunque sin llegar a un rango marcadamente elevado.
Es un estudio de escalas y no de conducta, así que no lo prueba todo. Pero lo que sugiere es que el gusto por mandar en la cama no viene de la mano de menos empatía, justo lo contrario de lo que teme quien se hace esa pregunta.
Dónde está la línea clínica: que te guste no es un diagnóstico
Aquí hay una distinción técnica que casi nadie conoce y que resuelve la mitad de la angustia. Los manuales diagnósticos separan el interés del trastorno. Tener una preferencia sexual poco frecuente no es diagnosticable. Lo es cuando produce un malestar clínicamente significativo o un deterioro en tu vida, o cuando implica a personas que no consienten.
La revisión internacional fue más allá. Al analizar el paso de la CIE-10 a la CIE-11, un grupo de expertos en el que había especialistas de la propia Organización Mundial de la Salud señaló que las preferencias sexuales sin relevancia para la salud pública ni para el sistema legal dejan de figurar como entidades psiquiátricas. Citan expresamente el masoquismo y el fetichismo, que pasan a considerarse conductas privadas, con el efecto de desestigmatizarlas (Briken y cols., The Journal of Sexual Medicine, 2019; 10.1016/j.jsxm.2019.07.011). Lo que separa un interés de un trastorno en la CIE-11 no es lo rara que sea la práctica, sino el consentimiento, el malestar clínico y el riesgo de daño.
Por eso la pregunta «¿es normal?» está mal formulada y no tiene una respuesta que tranquilice. La pregunta útil es otra. ¿Esto lo estoy haciendo con alguien que quiere hacerlo, y me deja mejor o peor de como estaba?
Por qué esta duda pesa el doble si además eres LGTBIQ+
Hay una razón por la que esta pregunta escuece más en una persona gay, lesbiana, bi o trans, y no tiene que ver con la práctica sino con el historial. Tampoco es una minoría dentro de la minoría. En una encuesta telefónica representativa a 19.307 personas de Australia (Richters y colaboradores, The Journal of Sexual Medicine, 2008), el 1,8 % de quienes tenían vida sexual había practicado BDSM en el último año, y era más frecuente entre gais, lesbianas y bisexuales.
Si creciste oyendo que lo que te gustaba era una desviación y tuviste que hacer un trabajo largo para dejar de creerlo, descubrir después un deseo que sí está mal visto reabre la misma herida por otro sitio. Aparece un pensamiento muy concreto, «¿y si al final tenían razón y esto lo confirma?». Es la sensación de estar dándole munición a quien nunca te dio el beneficio de la duda, y explica por qué hay gente que se aceptó hace quince años y vuelve a esconder algo a los cuarenta.
Hay una segunda capa, más de puertas adentro. En buena parte de la comunidad LGTBIQ+ el kink no es un añadido moderno. La cultura leather viene de los años cincuenta y sesenta, y de esos espacios salieron, antes que de casi ningún otro sitio, las conversaciones explícitas sobre límites, palabras de seguridad y negociación previa. Mucha gente aprendió ahí a decir «esto sí y esto no» con una claridad que no había usado nunca. Y aun así, dentro de la propia comunidad conviven el orgullo por esa herencia y una incomodidad de fondo, la de quien preferiría una imagen pública más presentable, así que tampoco es un tema fácil de sacar en cualquier mesa.
A veces lo que llevas dando vueltas se parece más a un bucle de comprobación que a un deseo. Revisas una y otra vez qué significa esto sobre ti, buscas pruebas y nunca llegas a una conclusión estable. Entonces quizá te sirva otro marco, porque el TOC de orientación sexual puede funcionar así y se trabaja de manera distinta.
Lo que sí conviene mirar, y no tiene que ver con lo que te gusta
Que el interés no sea un problema no significa que nada lo sea. Estas son las señales que en consulta sí hacen levantar la vista, y ninguna va del contenido de la fantasía:
- El consentimiento no se está negociando de verdad. No hay conversación previa, no hay forma acordada de parar, o la hay pero se ignora. Esto no es un matiz, es la línea entera.
- Se usa para no sentir otra cosa. Cuando la práctica funciona como anestesia de una ansiedad o de un bajón, y el bajón vuelve más fuerte después, el problema es lo que se está tapando con ella. Ese patrón se parece bastante a lo que ocurre con la hipersexualidad en hombres gais.
- La escalada obligada. Necesitar cada vez más intensidad para llegar al mismo sitio, y que eso te asuste a ti.
- Sustancias siempre en medio. Si la práctica solo es posible bajo consumo, lo que hay que mirar es el consumo.
- Se te está comiendo el resto. Trabajo, sueño, dinero, la relación que tienes. Es el criterio clásico de deterioro, el mismo que para cualquier otra cosa.
Fíjate en que en esta lista no aparece «lo que te gusta». Aparece cómo lo haces, con quién y qué papel ocupa en tu vida.
Cómo se habla de esto en consulta sin dar un curso primero
El motivo más frecuente para no contarlo en terapia no es la vergüenza, sino la pereza anticipada. Sabes que vas a tener que explicar qué es una palabra de seguridad, defender que no es violencia y ver cómo tu terapeuta recoloca la cara mientras lo procesa. Mucha gente calcula que no compensa y decide hablar de otra cosa durante meses.
Es una pérdida grande, porque casi nunca se viene a consulta por el kink en sí. Se viene por la culpa que lo rodea, por una pareja con la que no se sabe cómo abrir el tema, por el miedo a que salga en un juicio de custodia o por la sospecha de que tenga que ver con algo antiguo. A veces la tiene y a veces no, y merece la pena averiguarlo sin dar por hecho el final.
La forma corta de resolverlo es elegir bien el sitio. Una terapia kink-friendly es simplemente aquella en la que el vocabulario se da por sabido y la conversación puede empezar por lo que te trae, sin clase introductoria. Si estás decidiendo si contarlo o no, hay una pregunta que ahorra mucho tiempo en la primera sesión, que es preguntarle directamente al profesional qué experiencia tiene con esto. Su respuesta, y sobre todo el tono, te dirá en treinta segundos si vas a poder hablar.
Mientras tanto, y por si es lo único que te llevas de aquí, que algo te guste no es un síntoma. Lo que se mira en terapia es si hay consentimiento, si te deja mejor o peor y qué hueco ocupa en tu vida. Eso es todo, y tranquiliza bastante más que la pregunta con la que llegaste.
Los nudos, el pasado y otras dudas de la una de la madrugada
¿Que me guste el BDSM significa que me pasó algo de pequeño?
Es la sospecha más repetida, y los datos disponibles no la respaldan. La encuesta australiana de Richters no preguntaba por la infancia en concreto, pero quienes practicaban BDSM no habían sufrido más coerción sexual que el resto, y los hombres puntuaban incluso más bajo en malestar psicológico. Otra cosa es que a ti sí te pasara algo. Eso merece atención por sí mismo, no porque explique tus gustos.
Me gusta dominar. ¿Qué dice eso de mí?
Es un miedo muy común entre quienes disfrutan del rol dominante, y no encaja con lo medido. En los estudios que hay, dominar en un contexto negociado y con consentimiento no se asocia a menos empatía, y nada en ellos indica que anuncie violencia fuera de él. La diferencia está justo en lo que hace que sea BDSM y no otra cosa, que se acuerda antes, se puede parar y se cuida después.
¿Cuándo deja de ser una práctica y pasa a ser un problema?
La línea no la marca lo que te gusta, sino tres cosas. Que haya consentimiento real de todas las partes, que no te esté produciendo malestar clínico y que no te esté quitando vida. Si tu deseo se ha vuelto la única forma de excitarte y eso te angustia, o si asumes riesgos que no habrías aceptado en frío, ahí sí hay algo que mirar.
¿Se lo cuento a mi pareja o a la persona con la que me acuesto?
Si quieres practicarlo con alguien, sí, porque no hay versión segura de esto sin conversación previa. Y esa conversación no va de justificarte, sino de acordar qué sí, qué no y cómo se para. Si contarlo te da más miedo que la práctica en sí, eso ya dice algo de por dónde va el asunto.
¿Un psicólogo me va a mirar raro si saco el tema?
No debería, aunque por desgracia a veces pasa. Preguntar por la postura del profesional antes de empezar es sensato y no es de mala educación. Lo que se trabaja aquí casi nunca es la práctica, sino la vergüenza que la rodea y el miedo a lo que uno cree que dice de él.
Este artículo tiene fines informativos y no sustituye una evaluación psicológica profesional.
Si esa pregunta te da vueltas de madrugada y no tienes con quién hablarla sin explicar lo básico primero, escríbeme. Soy psicólogo gay en Madrid y trabajo online con hombres gais de cualquier sitio.
Artículo revisado y redactado por Mariano Ventura Barreira – Psicólogo General Sanitario · Colegiado M-36402
Última revisión: 15 de octubre de 2026